Qué es la AGI y por qué nadie se pone de acuerdo con la definición
Pregunta a cinco personas del sector qué es la AGI y te llevas cinco respuestas distintas. Sam Altman lo dijo en el escenario de TED en abril de 2025: si preguntas a diez ingenieros de OpenAI, te dan catorce definiciones. Y son ellos quienes la están construyendo.
La versión de manual es esta: inteligencia artificial general, un sistema capaz de resolver cualquier tarea intelectual que resuelva una persona y de aprender lo que no sabe sin que lo reentrenen. Lo del móvil es lo contrario: deslumbrante en lo que ha visto mil veces, torpe en cuanto le sacas del guion.
Pero existe otra definición mucho menos poética y más real. En el acuerdo entre OpenAI y Microsoft, según los documentos que destapó The Information, la AGI se alcanza cuando OpenAI construya un sistema que genere 100.000 millones de dólares de beneficio anual. No hay examen ni comité de sabios: hay una casilla contable. Desde el acuerdo del 28 de octubre de 2025, además, cualquier declaración de AGI la tiene que verificar un panel independiente.
Así que cuando leas «ya casi tenemos AGI», la pregunta útil no es cuándo llega, sino a cuál de esas dos definiciones se agarra quien lo dice.
Qué es la superinteligencia y en qué se diferencia de la AGI
Aquí la frontera sí está clara. La AGI iguala; la superinteligencia (ASI, por sus siglas en inglés) supera. Y no en una cosa concreta, como el ajedrez o el plegado de proteínas: en todos los dominios a la vez, incluido el de construir mejores inteligencias artificiales.
Piénsalo en el trabajo. La AGI sería un compañero capaz de hacer tu tarea y la del de al lado sin que se lo expliquen dos veces. La superinteligencia rediseñaría el departamento entero entre café y café.
Ese matiz explica el tono de Altman. En una entrada de su blog del 11 de junio de 2025 escribió que «hemos pasado el horizonte de sucesos; el despegue ha comenzado», y ponía fechas: agentes haciendo trabajo cognitivo real en 2026, sistemas que descubren cosas nuevas y robots útiles en 2027.
Y hay que reconocérselo: no iba mal encaminado. El primer plazo se cumple delante de nuestras narices, con Meta AI metiéndose en tu Gmail y revisándote el Calendar sin que se lo pidas y con ChatGPT Work entrando ya en tus cuentas para seguir el encargo por su cuenta. El segundo se le ha adelantado: el modelo que llevó a Washington refutó una conjetura que Erdős dejó abierta en 1946. Eso es ciencia original, un año antes de lo prometido.
Qué es la singularidad tecnológica y por qué es la palabra más resbaladiza
La singularidad no es un nivel de inteligencia: es la fecha a partir de la cual dejamos de poder predecir nada. La popularizó el matemático Vernor Vinge en 1993 y la convirtió en industria editorial Ray Kurzweil, que apunta a 2045 desde 2005.
La mecánica que se le supone es un bucle: una máquina capaz de mejorarse a sí misma produce una versión mejor, que produce otra más deprisa, hasta que la curva se vuelve vertical.
Demis Hassabis, premio Nobel de Química y jefe de Google DeepMind, tiró de la misma imagen en el Google I/O de mayo de 2026: «estamos en las estribaciones de la singularidad». Viniendo de él impresiona más que de un podcaster.
Pero fíjate en el truco, el mismo en los tres casos: «estribaciones», «horizonte de sucesos» y «despegue» son metáforas, no fechas. Y las metáforas no se pueden falsar. A mí es lo que más me chirría: estamos discutiendo fechas concretas con el lenguaje de un poema.
Cuándo llegará la AGI: los plazos que maneja cada uno
Hassabis dice 2029 o 2030. Lo interesante no es el número, es el movimiento: un año antes hablaba de 2030 a 2035, así que ha recortado media década en doce meses. Altman ni da fecha: considera que ya estamos en la rampa.
Enfrente está Yann LeCun, científico jefe de IA de Meta durante una década, que se marchó el 19 de noviembre de 2025 para montar AMI Labs y levantar 1.030 millones de dólares. Su postura es demoledora: habrá máquinas con inteligencia de nivel humano, pero «no se construirán sobre LLM», porque los modelos de lenguaje son sistemas de recuperación de información. Y recuerda que la promesa lleva haciéndose «60 o 70 años».
En medio hay una medición comprobable: METR cronometra la tarea más larga que un modelo completa con un 50% de acierto, y esa duración se dobla cada tres meses y medio. Diez veces al año. Si la recta aguanta dos años más, la discusión se acaba sola.
A mí me cuesta ver una declaración formal de AGI antes de 2028, y no por límites técnicos: quien tiene que firmarla pierde dinero al firmarla.

Qué cambiaría de verdad en tu día a día
Bajemos del cielo. Con AGI real, lo primero que se cae no es tu trabajo: es la burocracia. Reclamaciones, formularios, informes, atención al cliente, contratos. Todo lo que hoy hace una persona siguiendo una plantilla lo hará un sistema que no se cansa ni se equivoca de casilla. Y ya ha empezado, en silencio y departamento a departamento.
En videojuegos cuesta más imaginarlo: mundos que se escriben mientras juegas, personajes que recuerdan lo que hiciste hace veinte horas y estudios de cinco personas sacando lo que hoy exige cuatrocientas.
Hay una parte que casi nadie cuenta: la superinteligencia, si llega, no se anunciará con una rueda de prensa. Se notará en que un problema atascado desde hace treinta años, de esos que parecían imposibles, se resuelve un martes cualquiera y nadie sabe explicar cómo.
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