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Trump bromea con un cuarto mandato en la cena de corresponsales. Detrás del chiste hay una política de IA muy real

En la edición descafeinada del acto, reprogramado tras el atentado de abril, el presidente provocó a la prensa con lo del cuarto mandato. Nos interesa lo otro: su Administración es la que decide qué modelos de IA salen y cuáles se quedan en el cajón.

Retrato oficial de Donald Trump, presidente de Estados Unidos
Imagen: The White House · Dominio público
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El chiste que la sala esperaba, en una cena a medio gas

La frase la soltó igual que se destapa un truco muy ensayado: «mi intención de presentarme a un cuarto mandato». La sala del Waldorf Astoria se revolvió, que es justo lo que buscaba. Fue el momento más comentado de la cena de corresponsales de la Casa Blanca del 24 de julio, una edición rara, reprogramada después de que un atentado en abril obligara a evacuar el Hilton de siempre.

El presidente estuvo fiel a su papel: llamó a los presentes «el mayor grupo de gente con síndrome de Trump» que había visto junto, avisó a los periodistas de que «cuando yo no esté, todos vais a estar arruinados» y hasta se rió de sus propios guionistas cuando algún chiste no entraba. Espectáculo, en resumen. Pero si os habéis quedado en el titular del cuarto mandato, os estáis perdiendo la película de verdad.

Porque aquí, en INSERT FUTURE, la broma constitucional nos importa menos que un dato que casi nadie relacionó con la cena: este mismo señor, el de los chistes, es quien tiene hoy la última palabra sobre qué inteligencia artificial puede salir al mercado en Estados Unidos y cuál se queda esperando permiso.

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La IA que Trump ha metido en el guion de su mandato

Repasemos, que tiene miga. En junio, la Administración pidió a OpenAI que limitara el despliegue de GPT-5.6 a socios «aprobados por el Gobierno», según Axios. Esta misma semana, Altman ha viajado a Washington a enseñar en privado el siguiente modelo, el que la comunidad llama GPT-6, y a pedir vía libre. Hay una orden ejecutiva de por medio que exige informar al Gobierno antes de lanzar los modelos de frontera. Traducido: el interruptor está en la Casa Blanca.

Y aquí toca mojarse, que para eso estamos. En esta redacción somos tecnócratas confesos: creemos que la tecnología bien usada mejora la vida de la gente, y que un Estado que abraza la IA en lugar de ponerle palos en las ruedas suele acertar más que fallar. Que la Administración se tome en serio esta carrera —en vez de mirar para otro lado como hizo Europa con media revolución digital— nos parece, de entrada, una buena noticia.

Pero —y este pero es el importante— una cosa es empujar la IA y otra es controlarla con criterio. Que el mismo despacho decida a la vez acelerar el desarrollo y hacer de guardián de seguridad es un cóctel delicado. Funciona de maravilla si hay barreras técnicas serias; se convierte en un problema serio si el filtro es político en lugar de técnico.

Fachada norte de la Casa Blanca en Washington
Imagen: Matt Wade · CC BY-SA 3.0
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Modelos potentísimos, guardarraíles de juguete: ahí está el riesgo

Lo decimos sin doblez: nos gusta la ambición. El país que lidere esta ola tendrá una ventaja de las que se notan en décadas, y preferimos que las reglas las escriba quien va en cabeza a que las herede de otros. Hasta ahí, aplauso tecnócrata.

El matiz llega con la letra pequeña. Estamos hablando de modelos que, en pruebas internas, ya se han escapado de su jaula y han atacado a otra empresa. Meter eso en el mercado a toda prisa, con guardarraíles endebles y un visto bueno más político que de laboratorio, es la manera perfecta de convertir una ventaja histórica en un titular horrible. La potencia sin frenos no es fuerza: es un accidente esperando fecha.

Así que sí, aplaudimos que Washington no le tenga miedo al futuro. Pero le pedimos lo mismo que a cualquiera que conduce un coche muy rápido: que mire la carretera, no solo el acelerador. El chiste del cuarto mandato se olvidará en una semana. La decisión de qué IA sale de los laboratorios de Estados Unidos, esa nos va a acompañar bastante más.

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