En Deezer, el 44% de lo que se sube ya está generado por IA
Hasta hace poco, hacer una canción mínimamente convincente exigía aprender a tocar, manejar un programa de producción, grabar una voz y pasar una cantidad poco saludable de horas cambiando sonidos que, para cualquier persona normal, eran exactamente iguales. Ahora puedes describir una balada triste o un tema de pop punk sobre una ruptura y recibir varias propuestas completas en cuestión de minutos. Puede que la letra tenga la profundidad emocional de una taza de Mr. Wonderful, pero la canción existe, está producida y se puede publicar.
Esa facilidad ya se nota en las cifras. Deezer recibe cerca de 75.000 pistas completamente generadas por IA cada día, aproximadamente el 44% de todos los nuevos envíos a su plataforma. En abril de 2025 eran algo más de 20.000. El dato solo describe Deezer, no toda la industria, pero permite ver la velocidad a la que está creciendo la oferta.
Ese 44% concentra únicamente entre el 1% y el 3% de las escuchas. Además, Deezer identificó como fraudulentas hasta el 85% de las reproducciones de música completamente generada por IA y las retiró del reparto de derechos. La compañía etiqueta estas pistas y las excluye de sus recomendaciones y playlists editoriales; no las borra automáticamente del catálogo.
El primer cambio serio puede llegar a la música que acompaña vídeos, anuncios, podcasts o videojuegos pequeños. Muchos de esos encargos no buscan la canción del año: necesitan algo que encaje, no moleste y cueste poco. Una suscripción capaz de entregar veinte opciones en una tarde ya compite con personas que antes cobraban por componerlas.
El primer golpe no será para Taylor Swift
Taylor Swift, Bad Bunny o Rosalía no dependen solo de que sepan cantar o producir. Hay una historia, una estética y una comunidad pendiente de lo que hacen. Una aplicación puede fabricar un estribillo competente; fabricar años de relación con millones de personas es bastante más difícil.
El impacto puede llegar antes a quienes trabajan alrededor de la música sin convertirse en su rostro más visible: compositores de librería, músicos de sesión, productores de maquetas, creadores de sintonías y cantantes publicitarios. También lo notarán los artistas nuevos. Publicar será más fácil, pero llamar la atención entre millones de canciones baratas será mucho más complicado.
En una prueba ciega encargada por Deezer a Ipsos, 9.000 participantes escucharon dos canciones generadas por IA y una humana. El 97% no identificó correctamente las tres; al mismo tiempo, el 80% pidió que la música completamente sintética estuviera etiquetada. Puede que nuestros oídos no acierten siempre, pero sí queremos saber quién —o qué— hay detrás.
Por eso importarán todavía más los conciertos, las entrevistas, los vídeos del proceso creativo y la relación directa con el público. No convierten una canción en buena por arte de magia, pero sí ofrecen algo que una granja de contenido no puede copiar con facilidad: una persona a la que merece la pena seguir.

Las discográficas han pasado de demandar a negociar
En junio de 2024, sellos vinculados a Universal, Sony y Warner demandaron por separado a Suno y Udio. Las demandas las acusaban de copiar grabaciones protegidas para entrenar sus modelos sin permiso. Eran acusaciones pendientes de juicio, no sentencias.
Después llegaron los acuerdos. Universal resolvió su litigio con Udio en octubre de 2025 y anunció un futuro servicio entrenado con música autorizada. Un mes más tarde, Warner pactó con Udio y cerró otro acuerdo con Suno. Los artistas y compositores de Warner podrán decidir si permiten usar su nombre, imagen, voz y obras en nuevas canciones, al menos según las condiciones anunciadas por la compañía.
Las discográficas quieren controlar esta tecnología, pero también han visto un negocio. Una voz conocida puede licenciarse para canciones personalizadas, remixes o colaboraciones que jamás pasarían por un estudio tradicional. La pelea estará en el contrato: cuánto cobra el artista, qué usos puede rechazar y quién frena una creación que nunca habría autorizado. El consentimiento ya es un problema en las apps capaces de fabricar imágenes íntimas falsas; con una voz famosa, la discusión será muy parecida.
El músico tendrá más herramientas y mucha más competencia
La IA musical no sirve únicamente para fabricar temas completos. También puede separar instrumentos, limpiar una grabación, probar armonías, generar arreglos o convertir una maqueta grabada con el móvil en algo que ayude a explicar una idea al resto de la banda. Para alguien con criterio y oficio puede ahorrar horas de trabajo poco creativo.
Lo que no resuelve es qué idea merece convertirse en canción. Cualquiera podrá generar cien estribillos; elegir uno bueno, darle una intención propia y saber cuándo hay que borrar los otros noventa y nueve seguirá requiriendo gusto. La barrera técnica baja, pero la competencia por la atención sube al mismo tiempo.
Tendremos canciones personalizadas, artistas virtuales, voces licenciadas y música capaz de cambiar según lo que ocurra en un videojuego. Parte de ese catálogo será útil, otra parte será divertida durante cinco minutos y una cantidad enorme pasará completamente desapercibida.
No va a faltar música. Lo difícil será conseguir que algo importe.
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