Del cheque de 800 millones a las cien pastillas al día
La historia empieza con un pelotazo clásico de Silicon Valley: Bryan Johnson fundó Braintree, la empresa de pagos que compró Venmo, y en 2013 se la vendió a PayPal por 800 millones de dólares. Con la vida resuelta y una depresión a cuestas, a los cuarenta y pocos decidió reorientar toda esa fortuna hacia una sola pregunta: ¿y si envejecer no fuera obligatorio?
De ahí nació Blueprint, el protocolo al que dedica alrededor de dos millones de dólares al año. La rutina es tan estricta que parece una penitencia, se levanta de madrugada, toma más de cien pastillas y suplementos al día, come toda su comida antes de las once de la mañana, se acuesta a las 8:30 de la tarde y se somete a un chequeo médico constante —resonancias, análisis de sangre, medición de casi cualquier cosa medible— para vigilar el ritmo al que envejece cada uno de sus órganos.

«Don't Die»: entre el laboratorio y la secta
Aquí es donde Johnson deja de ser un excéntrico con dinero y se convierte en fenómeno cultural. Netflix le dedicó un documental en enero de 2025, «Don't Die: The Man Who Wants to Live Forever», dirigido por el mismo cineasta de Tiger King, y su lema —«no te mueras»— ha pasado de rutina personal a movimiento con seguidores. Él mismo lo vende sin rubor como una nueva ideología, y ahí es donde muchos se bajan del carro.
Porque Johnson no se conforma con predicar, quiere que le copies. Ha llegado a proponer una especie de «nación Don't Die» donde estarían prohibidos la pizza, los donuts y el alcohol, y comparte cada métrica de su cuerpo con un nivel de detalle que ha incendiado las redes más de una vez. Su tuit más comentado no deja lugar a dudas sobre el tono:
Lo que la ciencia le aplaude y lo que le afea
Conviene separar al personaje de la ciencia, porque no todo lo que dice es humo ni todo es riguroso. Buena parte de su protocolo —dormir bien, comer sano, hacer ejercicio de fuerza— es sentido común llevado al extremo, y como experimento de un solo sujeto documentado al milímetro tiene su valor. Otras apuestas han sido más resbaladizas, llegó a intercambiar plasma sanguíneo con su hijo adolescente y con su padre, un experimento que abandonó a los seis meses al no detectar beneficios claros.
Y ahí está el matiz que a nosotros nos importa, Johnson vende una versión individual y carísima de lo que la biotecnología intenta resolver en el laboratorio de forma reproducible. Mientras él acumula suplementos, la ciencia trabaja en reparar el envejecimiento desde la célula con los factores de Yamanaka, una vía que ya ha entrado en su primer ensayo con humanos. Su cruzada personal es, en el fondo, la cara mediática de una carrera mucho más seria, la de intentar alcanzar la velocidad de escape de la longevidad.
¿Genio, vendedor o conejillo de indias?
Lo más honesto es admitir que probablemente sea las tres cosas a la vez. Johnson ha hecho por la divulgación de la longevidad más que mil artículos científicos, y también ha convertido su cuerpo en un escaparate donde es difícil saber dónde acaba el rigor y empieza el marketing de sus propios productos, que vende. Su obsesión resulta fácil de ridiculizar, pero la pregunta que plantea es seria y cada vez menos marciana.
Así que la próxima vez que veas su cara sosteniendo una pastilla, no te quedes solo con el meme. Debajo del personaje hay una apuesta que millones de personas —y miles de millones de dólares— se están tomando muy en serio. ¿Te subirías tú a su rutina si supieras que funciona?

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